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Los Richtmoon

Este relato lo escribí con 16 años recién cumplidos…

La historia que voy a narrar a continuación es puramente fantástica, cualquier parecido que tengan o puedan tener los personajes y los lugares aquí citados con la realidad es absolutamente un casual, pues todo es totalmente fictício.

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Era una hermosa mañana a finales de diciembre de 1817.Durante toda la noche había nevado lentamente, al igual que una suave brisa a la vera de un río en un atardecer primaveral, pero a pesar de eso, la fresca y blanquecina capa que cubría el suelo no superaba los tres dedos de espesor. Hacía frío, pero por momentos se percibía una suave brisa de aire caliente la cual provenía del sol del alba, era acogedora y muy apetecible.

Todo empezó en Escocia, en su bella capital de Glasgow, en un pueblecito llamado Wishow Needles. Junto a la carretera había un desvio hacia el este, desde aquel punto se divisaba toda la belleza de aquellos parajes, todo eran valles verdes blanqueados por la fina capa de nieve.En este mismo punto, situado entre dos rocas, había un cartel de madera medio roída en el que se dejaba observar difícilmente el siguiente mensaje:

– 1.760 yardas (o lo que es lo mismo una milla).

Al llegar al pueblecito en el valle, desde el pie de la montaña, podía verse perfectamente el castillo de la familia Richtmoon. La muralla que bordeaba el castillo era inmensa, era de construcción octogonal que de lejos parecía un tetrágono (figura perfectísima que expresa la solidez e invulnerabilidad de la Ciudad de Dios), cuyos lados meridionales se erguían sobre la meseta del castillo, mientras que los septentrionales parecían surgir del mismo pie de la montaña, alzándose como un gigantesco desfiladero. Esta era perfecta y simétrica por casi todo su perímetro, escepto por la zona este, donde sobresalían dos torreones que parecían prolongarse hacia el cielo, estos bordeaban una cúpula, la cual se perdía a lo lejos, donde la vista le es imposible alcanzar, con una altura impredecible.

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Esta ilustración la hice para este relato en 1992 con Rotring y el texto a máquina de escribir por eso como puedes observar aquí hay unos textos más oscuros para que puedas leerlo bien, pero al ampliar esos textos no estarán y podrás leer bien el texto a máquina de escribir.
La ilustración la realicé con Rotring, y el texto a máquina de escribir, por eso como puedes observar he puesto unos textos superpuestos, más oscuros para que puedas leerlo bien, pero al ampliar la imagen esos textos no estarán y podrás leer el texto a máquina de escribir ya que es el original y se amplia bastante.

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Los Ritchmoon eran una familia de sangre azul. Lord Ritchmoon, el cabeza de familia, un hombre de mando, alto y robusto, muy responsable y severo. Tenía el pelo canoso y siempre lo llevaba peinado hacia atrás impregnado en brillantina, sus manos eran fuertes y robustas, dignas de un herrero. Sus vestimentas eran típicas de la época, llevaba una casaca azul marino con una abertura en la parte posterior y unas solapas prominentes, sus pantalones eran abombados de un gris oscuro semblante al de una noche de tormenta y lucía unos calcetines negros por debajo de sus rodillas, sin hacer mención de los zapatos que le cubrían sus enormes pies, brillantes como si de espejos se tratase. Una persona de carácter fuerte, incluso a veces demasiado, digamos que no se llevaba demasiado bien con su esposa Margareth Richtmoon, la condesa y con su hijo James, Richtmoon Junior, los cuales eran su única familia.

La condesa Margareth Richtmoon, una bellísima dama, comprensiva e ingenua, muy bien educada y tímida, pero al mismo tiempo muy pícara. Tenía la cara como una muñeca de porcelana, las facciones muy finas, un cuerpo sencillo pero bien moldeado y esbelto, en resumen, era digna de ser observada por cualquier varón, (las escasas veces que salía a pasear por el pueblo a causa del cautiverio a que estaba sometida por los inmensos celos de Lord Richtmoon), y de ser envidiada y admirada por cualquier otra dama de la región.

Wishow Needles era un pueblo pequeño y tranquilo, donde nunca ocurría nada.
El parque de memorias (cementerio) de dicho pueblo, estaba situado en el valle apartado del centro, donde residían todos sus sencillos y bondadosos habitantes, rodeado de bellos jardines floreados.

James era un chico muy servicial y educado, siempre con una sonrisa en su cara, de tez blanca, similar a la de la condesa Margareth, su madre, aunque a esa blancura le acompañaban una serie de pecas repartidas por sus pómulos, pelo corto, rojizo y con unos rizos muy marcados. Usaba siempre una gorra chulapo de visera corta con cuadros pequeños blancos y negros, camisa blanca, un cardigan de color marrón oscuro, pantalones abombados como los de su padre Thomas Richtmoon, calcetines a rombos blancos y negros al igual que su gorra y zapatos de charol.

James era muy querido por los habitantes del pueblo y también por los de la bella capital de Glasgow, a donde se trasladaba todas las mañanas para comprarle la prensa a Lord Richtmoon, su temido padre. James, todas las mañanas estaba a las 4:30 sentado en el andén, conversando con el jefe de estación, su amigo, Klaus Winter, un hombre mayor, con una prominente barba blanca por debajo de su cuello, un bigote ancho y también blanco, más bien amarillento, su olor a tabaco de pipa, su peto tejano sobre una camisa azul marino, sus botas raídas y su inseparable sombrero de ala ancha, esperando la llegada del tren.

Se de buena tinta que el corazón de una madre nunca está correctamente sintonizado con la emisora de su hijo, pero esa mañana todo fue completamente distinto. La condesa Margareth Ricthmoon escuchó a James cuando este se levantó de su confortable cama y comenzó a prepararse para marchar a Glasgow. Margareth sin saber porqué, tuvo un mal presentimiento, comprobó que en la cama que había a su lado, donde descansaba Lord Richtmoon había un suave movimiento en las gruesas y calurosas mantas que la cubrían, así dedujo que el Lord estaba medio despierto, y susurrándole en voz baja le dijo:

– Thomas, no dejes que nuestro hijo vaya esta mañana a Glasgow.

Continuará…

 

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David Martín Surroca

 

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